lunes, 8 de julio de 2013

Los extraños caminos del amor

Ana María Almazán ha entrado misteriosamente en el restaurante de un hotel lujoso. Es muy posible que se trate de uno de los mejores hoteles de México. Si las escenografías del departamento de producción de Televisa fueran más creíbles, veríamos algo más que una cortina roja y dos pares de mesas. Suplicamos al lector omita este pequeño inconveniente y se concentre en el drama.

-No pudiste escoger un sitio más discreto.

-¿Eres tú, Ana María? ¿Eres realmente tú? Apenas puedo creerlo. Ha pasado mucho tiempo, ¿no es así?

- No tanto... ¿Te parezco más vieja...

-Al contrario, mi amor. ¡Estás más guapa que nunca! Hice muy bien en enamorarme de ti ocho años atrás.

-No vine a escuchar tus estupideces. ¡Acabemos con esto de una vez!... ¿Cuánto quieres por tu silencio?

-¡Ana María! ¡Frágil, orgullosa y bella Ana María!... No has cambiado nada, ¿verdad? Sigues creyendo que  tu cartera es la solución para todos los problemas... Pero en este caso, tu cartera no tiene el dinero suficiente para comprar mi silencio... No, Ana María, no. No esta vez... Esta vez se trata de amor, Ana María. No puedes comprar mi amor... sencillamente porque ya te pertenece... desde hace mucho tiempo. Y no he venido a reclamártelo de vuelta, no. Al contrario, he venido a que tomes posesión de mí en la forma en que tú quieras.

-Esta ridícula conversación no tiene ningún sentido, caballero. Le suplico que fije una cantidad en este cheque. ¡Hágalo ahora e inmediatamente estamparé mi firma en este asqueroso documento, en la inteligencia de que nunca más volveremos a saber el uno del otro! ¿Me ha entendido?

-No, Ana María. No pienso permitirlo. No vas a asesinar a nuestro amor con una simple firma. Te concedo cualquier cosa, menos eso.¡Eso no, Ana María! ¡Eso no!... ¡Y no me mires con esos ojos! Tú sabes que me encanta cuando levantas la ceja en las telenovelas. Eres mala y te adoro por ello. No hagas que me vuelva loco en este lugar... ¡Si vuelves a levantar la ceja como lo hiciste, no respondo de mi educación, ni del pudor que debe guardarse en un lugar público, en una telenovela de principios de los ochenta, Ana María!

-Está bien. Vuelve a sentarte. Desearía que hubiera menos gente en este lugar. Me siento incómoda.

-Tengo la suite presidencial. En cuanto tú lo ordenes, subiremos. Espero que seas tú quien lleve la voz cantante esta noche. Tú decides lo que será de nuestras vidas, de ahora en adelante, Ana María... Por supuesto, acataré cualquier decisión, pero no me pidas que renuncie a nuestro amor... Eso sí no puedo hacerlo. ¡No puedo, Ana María! ¡No puedo!

-¡Harías bien en dejar de gimotear! Soy una mujer casada, ¿entiendes? Una señora respetable que no se puede permitir un amor escandaloso como este. Lo nuestro fue una locura, una borrachera en Acapulco y nada más... No me vengas a hablar de amor. ¡Tú menos que nadie! ¡Tú, que te has burlado de medio México! ¡No creas que me chupo el dedo! ¡Conozco muy bien tus andanzas, tus "hazañas" amorosas!

-Ya veo, Ana María. De manera que no has podido olvidarme. Has seguido mis pasos desde la solariega paz de tu hogar. Me siento halagado. Nunca me creí capaz de despertar una pasión así en una mujer como tú. ¡La señora Ana María Almazán! ¡Ni más ni menos que la temible suegra de la Colorina!

-¡Cállate! ¡No pronuncies ese nombre en mi presencia! ¿Qué sabes tú de la Colorina? ¡Dime la verdad, Aldo, y te suplico que no juegues conmigo! ¿Sabes dónde está mi nieto? ¿Es posible que seas tú quien me lleve a encontrar el paradero de esa maldita mujer?

-Eso sólo podrás saberlo una vez que me hayas jurado amor... ¡en la intimidad!

-¡Hasta aquí podíamos llegar tú y yo! ¿Sabes que puedo destruirte con el dedo más pequeño de mi mano? ¿Lo sabes?

-Lo sé, mi vida; pero también sé que no te atreverías. Serías capaz de cualquier cosa, menos de hacerme daño. ¡Confiesa de una vez, Ana María! ¡Soy la gran pasión de tu vida! ¡Me quieres incluso más que a tu hijo Gustavo Adolfo! ¡Deja ya esos escrúpulos de radionovela venezolana y entrégate a mí sin reservas ni condiciones! ¡No te pido nada, Ana María! Nuestro amor puede permanecer en la sombra si así lo quieres. ¡Pero no me pidas que te olvide! ¡No me pidas que te borre de la memoria!... ¡Preferiría la muerte!

-¡Chantajista! ¡Miserable! Me hablas de amor con los mismos labios con los que has besado a todas las señoras respetables de México. ¿Me crees tan cándida como para creer en esa patraña de que me amas? ¡Tú no sabes lo que es el amor! ¡No tienes ni idea...

-¡No sigas, Ana María! ¡Te lo ruego! ¿No te das cuenta de que me haces daño?

-¡Puedo hacerte mucho más si no me dejas en paz!

-Todo eso terminó, Ana María. Tú lo has dicho, en estos años he tenido a todas las mujeres que he querido... ¡pero cada una de esas noches sin ti ha sido en vano! En el fondo, sin saberlo a ciencia cierta, buscaba olvidarte, Ana María. ¿Te das cuenta?... Cada beso se proponía enterrarte a ti, enterrar tu recuerdo... Ahora, derrotado, vuelvo a ti con la convicción de que no existe otra mujer en el mundo que pueda hacerme feliz. Tú sembraste el amor en mí, Ana María. ¡Tú me enseñaste a amar! ¡Si el amor existe, solamente vale la pena hacerlo contigo!

-Aunque así fuera, es muy tarde para nosotros, Aldo. Ya no soy la misma mujer que se entregó a ti en una noche de vértigo y locura. He cambiado. Me he vuelto dura, fría. Lo único que me importa es recuperar a mi nieto y vengarme de la Colorina. Además, Guillermo, mi marido, no puede enterarse de lo que... hubo entre nosotros. ¡No cometeré ese crimen! ¡Te suplico que no lo cometas tú! ¡Te lo exijo!

-¡Ana María, Ana María! ¡Qué bella luces esta noche!... Tienes que admitirlo, Ana María. Guillermo ya está muy lejos de ti. Tú te encargaste de alejarlo cuando intentaste comprar al hijo de la Colorina... No me hagas mucho caso, pero... es muy posible que a estas alturas, incluso haya dejado de amarte... ¿Lo ves, Ana María? Concédeme un poco de razón. No tienes más remedio que volver claudicante a mis brazos.

-¡Claudicante, jamás!

-¡No, Ana María! Me temo que ya no estás en posición de exclamar... Pero ¿es que todavía no lo ves, Ana María? ¿No te ha caído el veinte de que yo soy la única persona sobre la faz de la tierra que puede decirte donde está escondido el hijo de la Colorina?

-¡Te repito que no juegues conmigo, Aldo! ¡Nadie se burla de Ana María Almazán! ¿Qué sabes de mi nieto? ¡Habla! ¡Te juro que si todo esto es una vil mentira, te arrepentirás por el resto de tus días. ¡Te juro por Dios que desearás no haber nacido!

-¡Sólo hay una forma de que vuelvas a ver a tu nieto, Ana María! Pero vas a tener que arriesgarte. Quieras o no tendrás que confiar en mí. Te diré todo lo que sé a cambio de una sola cosa... ¡Tu amor, Ana María! ¡Ayúdame a revivir nuestro amor y te juro que iré por tu nieto hasta el fin del mundo si es preciso!

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